Acabo de llegar de 4 días de misión en la Diócesis de Stockton, California, donde tuve el privilegio de llevar todas las conferencias del Congreso Diocesano de Mujeres. Como era un evento sólo para nosotras, mi esposo Ricardo no me acompañó.  Por lo tanto, se quedó en casa atendiendo las necesidades de nuestro hijo, las del hogar y las suyas propias para permitirme la posibilidad de ejercer mi llamado ministerial. Ya que nuestro hijo está de vacaciones del colegio, esta labor se complicó y tuvo que coordinar su trabajo y el cuidado del niño. O sea que Ricardo asumió muchas de las obligaciones que en nuestra cultura se perciben como estrictamente femeninas, como cocinar, lavar los platos y la ropa y cuidar de nuestro hijo, con el espíritu de igualdad de dignidad entre hombre y mujer que Jesus mismo enseñó. Todo esto indudablemente implicó sacrificio de parte de mi esposo.

El sacrificio es una manifestación de amor que en si misma evidencia un amor conyugal profundo y real, según el plan de Dios.  En el desarrollo de su Teología del Cuerpo, el Beato Juan Pablo II expresó que el viaje hacia un amor conyugal verdadero nos lleva de la simple sensualidad, por la vía de la comprensión, hacia una afirmación de la persona amada en su propio valor que culmina en el amor comprometido; amor que aleja al que ama del egoísmo de los sentimientos, e invita no solo a disfrutar de la persona amada sino a una verdadera comunión de amor que lleva a buscar el bien del ser amado, mas que el propio.  Esta búsqueda motiva al que ama a la renuncia personal, la cual tiene como cúlmen de su expresión la apertura al sacrificio por el bien del ser amado.  Esta comunión de amor necesariamente nos mueve hacia Dios.

Doy gracias al Creador por el espíritu de sacrificio de mi Ricardo que me muestra palpablemente la profundidad de su amor por mí y la solidez de su compromiso matrimonial.  Su amor es muestra clara de lo que debe ser el amor conyugal, que más que un sentimiento, es un compromiso de la voluntad.  Oro porque todos los matrimonios lleven a experimentar el verdadero amor conyugal, y reciban entonces la plenitud de la gracia de esta vocación diseñada por Dios para nuestra felicidad.

Por Lucía Luzondo