Una voz que pide ayuda

Una voz que pide ayuda

Ciertamente nuestro pueblo hispano atesora el valor de la familia. Sin embargo, es también una realidad que los hispanos somos el segundo grupo étnico con mayor incidencia de violencia doméstica en stados Unidos. Esta es una estadística real aun entre personas que asisten a nuestras iglesias en las diferentes diócesis de esta gran nación.

En su carta pastoral sobre la violencia doméstica, los Obispos de Estados Unidos definen el abuso como “cualquier clase de comportamiento utilizado por una persona para controlar a otra a través del miedo y la intimidación. Éste incluye el abuso emocional y psicológico, los golpes, y el ataque sexual” (Cuando pido ayuda: Una respuesta pastoral a la violencia doméstica contra de la mujer del Comité de Obispos sobre el Matrimonio y la Vida Familiar, USCCB).

Es trágico ver cómo la dignidad de las personas, lastimosamente en su mayoría mujeres, es destruida por la violencia doméstica de sus parejas, hijos/as, padres y otros familiares. Muchas veces la violencia doméstica nace de actitudes arraigadas y aprendidas en nuestra cultura, tales como el machismo, las adicciones al alcohol y las drogas (que limitan la capacidad cognitiva y emocional de las personas), al igual que las tensiones extremas que enfrentan muchos hispanos por su situación inmigratoria, la falta de trabajo y la discriminación.

Pero aunque las razones que dan pie a actitudes violentas entre hispanos son reales, la violencia doméstica no es aceptable ni justificable bajo ningún concepto. Los Obispos claramente nos dicen que “[e]n realidad, la violencia en contra de cualquier persona es contraria al mensaje del Evangelio de Jesús de Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. Este tipo de violencia también es un crimen que se paga con la cárcel (Ibid.).

De igual modo, las Sagradas Escrituras nos enseña que cualquier cosa que hagamos al cuerpo humano, ya sea el nuestro o al de otra persona, se lo estamos haciendo al templo de Dios (1 Cor 3: 16). Oremos porque que el Espíritu Santo ilumine la mente y el corazón de los agresores para que se abran a la cultura de la vida y del amor.