Únete a nosotros para celebrar la Semana Nacional del Matrimonio (del 7 al 14 de febrero de 2020) tomándote unos momentos cada día, junto con tu cónyuge, para reflexionar y orar. El tema de este año es Historias de la iglesia doméstica. Este retiro te ayudará a reflexionar más sobre cómo tú y tu cónyuge comparten el llamado particular de construir el Cuerpo de Cristo y formar una iglesia doméstica (cf. LG, 11).

Para más instrucciones o inspiración, visita www.portumatrimonio.org o marriageuniqueforareason.org.

Disponible en PDF

Día uno: Diez años de “sí, quiero”

Una historia sobre la promesa del amor

Un momento memorable en nuestro matrimonio fue la celebración de nuestro décimo aniversario de bodas. Nuestro párroco había aceptado realizar una bendición especial y la renovación de nuestro compromiso con nuestros votos matrimoniales durante la Misa matinal. Después de la homilía, nos llamó a los dos ante el altar, uno frente al otro, tomados de la mano, tal como en nuestra boda una década antes. Sin embargo, a diferencia de nuestra boda, el peso de las palabras era profundamente diferente. Como una pareja comprometida dichosamente esperanzada que se preparaba para el sacramento, pensábamos que entendíamos lo de “en lo próspero, en lo adverso, en la riqueza, en la pobreza, en la enfermedad y en la salud”, incluso tal vez imaginando qué formas podrían tomar estos altibajos de la vida. Diez años después, ya no eran palabras de expectativa, sino una realidad.

Nuestra mirada compartida como recién casados captaba la promesa de nuevas oportunidades que, sin embargo, se desvanecerían muchas veces… para convertirse en pérdida de empleo y deudas por desempleo, en incertidumbre cuando los cimientos de nuestra primera casa dieron paso a casi una ejecución hipotecaria durante la crisis inmobiliaria, en la alegría de una nueva vida y la desilusión que se produjo con la prolongada estadía de nuestra hija en la UCIN y los grandes cambios en nuestra vida para financiar problemas médicos constantes, en la esperanza de crecimiento dentro de nuestra familia y las heridas de la pérdida por nuestro primer aborto involuntario.

Llevar todo nuestro ser ante el altar, no sólo las alegrías sino también las penas, bajo el Cristo crucificado, y expresar verbalmente nuestro renovado compromiso con nuestros votos fue una fuente de fortaleza y un poderoso recordatorio de nuestro llamado sacramental como marido y mujer que sigue vibrando y llevándonos hacia adelante. Ciertamente, nuestra familia ha sido bendecida con tiempos de gran alegría, por supuesto, pero las cosas que parecían tan abrumadoras y difíciles de sobrellevar en su momento han sido las mismas experiencias que nos unieron aún más.

El “sí, quiero” de nuestra boda nunca debe convertirse en un “sí, quería”; nunca será en tiempo pasado. Nuestros votos, como la alianza que Dios nos juró, son una promesa de decir siempre “sí, quiero”, de elegir al otro, en cada momento de nuestra vida, en lo bueno y en lo malo. Así el amor vivificador de Cristo se realiza dentro de nosotros y permitimos que la gracia sane nuestras heridas y nos acerque cada vez más a su corazón misericordioso.

—Mike y Evie

Para pensar
Para comenzar esta semana de reflexión, pregúntense individualmente y como pareja:

(a) Reflexiona sobre el día de tu boda y los votos. ¿Cómo los has visto hacerse realidad en tu matrimonio? ¿Cuáles tienen un nuevo significado?

(b) ¿Cuáles son las fuentes de fortaleza en tu matrimonio? ¿Dónde hay posibles oportunidades de crecimiento?

(c) ¿De qué maneras tu experiencia matrimonial y tu vida familiar han revelado la presencia de Cristo?

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Día dos: Cristo en medio de nosotros

Una historia sobre la vida hogareña

El papa Francisco habla a menudo sobre la importancia de tener un encuentro con Cristo, especialmente para el viaje del cristiano. Nunca se cansa de repetir las palabras de Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. (EG, 7) Nuestras oraciones siempre comienzan con gratitud por los signos visibles de la presencia de Cristo
en nuestra vida. Los encuentros con Cristo a menudo llegan cuando menos los esperamos, a través de las pequeñas personas que nos plantean desafíos únicos: nuestros hijos. Como la mayoría de las familias católicas, nuestra vida hogareña celebra la belleza del año litúrgico con tradiciones. Leemos historias sobre los santos y celebramos sus fiestas. Encendemos la corona de Adviento y montamos las figuras del Nacimiento en la época de Navidad. Estos momentos son lo más destacado de nuestro año a medida que vivimos las estaciones de la Iglesia en nuestro propio hogar.

Sin embargo, en cualquier día, nuestra vida hogareña también es desordenada y frustrante (¡no muy diferente de la historia de la Iglesia!). Manchas de espagueti en la ropa dominguera, el piso de la cocina pringoso, pucheros y lágrimas antes de acostarse o solicitudes interminables de contar cuentos que prueban la paciencia de un padre o madre cansados. Todos los días Dios entra y nos encuentra en la fragilidad de este mundo y en el desorden de nuestras familias. Incluso cuando nuestros hijos se las apañan para exhibir nuestras miserias, se nos ofrece también allí la oportunidad de acoger la humildad y la santidad en medio de nosotros. Nuestras propias fallas en la crianza de los hijos permiten que el amor y la misericordia de Dios nos encuentren justo allí donde estamos.

—Ramie y Jake

Para pensar
Elige una o más de las siguientes preguntas para reflexionar con tu cónyuge:

(a) ¿Cómo puedes afirmar, respetar y conectarte con tus hijos o tu cónyuge durante sus rutinas diarias juntos?

(b) Piensa en un momento reciente de mal humor que tuviste con tu hijo. ¿Podría esa situación haber sido un momento de encuentro con Cristo?

(c) ¿Con qué rapidez y facilidad le otorgo perdón y le demuestro misericordia a mi hijo o cónyuge? ¿Qué tan rápido y sinceramente les pido perdón a ellos?

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Día tres: El misterio de la fe conyugal y su fruto

Una historia sobre la adopción

La fe es la voluntad de emprender un viaje, sin saber exactamente a dónde vamos o cómo vamos a llegar allí. Si hay algo parecido a la certeza, está en los compañeros que elegimos para compartir nuestro viaje.

San Pablo habla del marido y la mujer convirtiéndose en “una sola carne” como “un gran misterio” (Efesios 5:32), un misterio que refleja a Cristo y su novia, la Iglesia. Parte del misterio, creemos nosotros, es que Dios hace que nuestro corazón sea capaz de dejar atrás nuestras relaciones pasadas, ya sean bellas o quebrantadas, para entrar libremente en la esperanza compartida de que nuestro matrimonio será vivificador.

En nuestra experiencia, esa fe fundamental del marido y la mujer, emprender un viaje juntos, también ha llegado a significar la fe en lo que Dios está haciendo para unir a nuestra familia. La nuestra comenzó como una historia común: chico conoce a chica, campanas de boda… pero, el cochecito de bebé… tardó un tiempo. Esperamos año tras año, hasta pasar por todas las pruebas invasivas y desgarradoras que acompañan la infertilidad. Sí, Dios estuvo con nosotros en todo momento, y nos sostuvo con gracias extraordinarias que, en retrospectiva, a menudo fueron exquisitamente cronometradas. Pero él no siempre nos evita sufrir. En cambio, hemos descubierto que Dios se acerca para compartir nuestro sufrimiento.

Ir a ese lugar de sufrimiento con Dios fue lo que abrió nuestro corazón a la semilla que Dios había plantado: la semilla de la adopción. Una vez que comenzó a dar fruto, comenzaron a suceder cosas maravillosas. Había nueva esperanza, discernimiento de posibilidades y nuevos descubrimientos. Después de mucha lucha, trajimos a casa a nuestra hija mayor desde China, descubriendo lentamente que un lugar al otro lado del mundo podía comenzar a sentirse como otro hogar. Tres años después, trajimos a casa a nuestra segunda hija. Y, sorpresa de sorpresas, nueve años después regresamos a China y trajimos a casa a nuestro hijo.

Todos los años, celebramos tres días de adopción además de tres cumpleaños, por lo que tenemos recordatorios constantes de lo extraño y sin embargo hermoso que ha sido nuestro viaje con Dios. Rara vez ha sido claro el camino que se abría delante, y sin embargo nos infundió valor la fe en que Dios guiará. “No pido ver la escena distante”, escribió san John Henry Newman, “un paso es suficiente para mí”. Esa ha sido nuestra experiencia.

—Tim y Sue

Para pensar
Elige una o más de las siguientes preguntas para reflexionar con tu cónyuge:

(a) ¿Dónde ha resultado fructífero tu matrimonio de la manera que menos esperabas?

(b) ¿Qué nuevas formas de fructificación puede estar llamando Dios a que produzca tu matrimonio?

(c) ¿Cuándo se ha acercado Dios a ustedes para compartir sus sufrimientos como pareja?

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Día cuatro: Parentalidad entre amigos

Una historia sobre parentalidad espiritual

John y Patti, buenos amigos nuestros, son excelentes ejemplos de cómo el amor conyugal está llamado a ser, y puede ser, fructífero tanto biológica como espiritualmente. Además de su familia inmediata, su iglesia doméstica, su matrimonio ha dado fruto espiritual para muchos otros, entre ellos nosotros mismos.

Cuando conocimos a John y Patti, ya llevaban casados algunos años y tenían tres (de sus ahora seis) hijos. Nos hicimos amigos al instante y pronto nos encontramos en su casa la mayoría de los viernes por la noche para saborear una deliciosa cena, rezar una década del rosario con su familia, y luego, después de meter a los niños a la cama, pasar una velada relajante juntos. Tenemos muchos buenos recuerdos de cuando nos hundíamos en los cómodos sofás de la sala de estar con una copa de vino en la mano para simplemente ponernos al corriente de la semana transcurrida y disfrutar de la compañía mutua.

También nos invitaron a sumarnos a su grupo de amigos que llevaban algunos años reuniéndose mensualmente para rezar y cenar. Tuvimos el honor de ser invitados y sus amigos se convirtieron rápidamente en nuestros amigos. Y ellos, como John y Patti, ayudaron a nutrir la semilla de la fe en nuestra vida. Además de las reuniones mensuales de oración y compañerismo, pronto celebramos juntos las alegrías (nacimientos, cumpleaños, finales deportivas, etc.) y nos acompañamos mutuamente en las pruebas (enfermedades, desempleo, dificultades familiares, etc.).

Sin embargo, hace cinco años, con la llegada de una nueva oportunidad de trabajo a 2,000 kilómetros de distancia, dejamos este increíble grupo, fortificados en la fe pero con la duda de que alguna vez encontraríamos amigos que nutrieran nuestra fe tanto como ellos. Pero los encontramos, por la gracia de Dios. Inspirados por ese grupo, invitamos a algunas parejas en nuestra nueva parroquia a formar un grupo similar. Desde hace ya cuatro años, este nuevo grupo de parejas continúa agraciando nuestras vidas de maneras ricas y significativas. Y algunos miembros de nuestro grupo han seguido difundiendo este don ayudando también a otros grupos a formarse en nuestra parroquia. Y gracias a ello, ahora hemos creado materiales para la formación de nuevos grupos en otras partes del país.

Por lo tanto, agradecemos a Dios por John y Patti y por todas las parejas de ambos grupos, antiguas y nuevas, y por el fruto espiritual que estas relaciones han dado en nuestra vida. Verdaderamente, todas estas parejas han sido padres espirituales para nosotros, dándonos a nosotros y a nuestro matrimonio una vida más significativa. ¡Y alabamos a Dios por el fruto que ahora también está trayendo a muchas otras parejas!

—Kari y Stephen

Para pensar
Elige una o más de las siguientes preguntas para reflexionar con tu cónyuge:

(a) ¿Qué significa para ustedes la parentalidad espiritual? ¿Cómo se puede vivir de diferentes maneras?

(b) ¿Quién los ha ayudado a ustedes y a su matrimonio? ¿A quién han ayudado ustedes a tener un mejor matrimonio?

(c) ¿Qué pueden hacer para encontrar parejas que puedan acompañarlos a ustedes como mentores y guías? ¿Qué pueden hacer para acompañar a las parejas que pueden necesitar ayuda a lo largo del viaje?

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Día cinco: El árbol que Dios hace crecer

Una historia sobre la imperfección perfecta

Este pasado Adviento comencé un árbol de Jesé. Tuve la tentación de hacerlo todo yo misma, al estilo bricolaje, con la ayuda de mamás artesanas más experimentadas que organizan su intercambio anual de árboles de Jesé en la ciudad. Pero la tentación no fue tan fuerte debido a mi completa falta de habilidad y paciencia para lidiar con cualquier cosa que requiera pegamento, pintura o mondadientes. En cambio, me atrajo la hermosa exhibición de discos de madera perfectamente pintados a mano que representaban cada símbolo del árbol de Jesé que encontré en una tienda de regalos local. Por unos cuantos dólares pude dejar de lado el caótico asunto de palillos de dientes pegajosos y los dedos manchados de pintura; sonaba a un plan glorioso.

Más tarde, en una fiesta del elefante blanco, noté un simple pero radiante arbolito de Jesé sobre el piano de la anfitriona. Estaba decorado con símbolos caseros de diferentes proporciones, colores y texturas. Era multidimensional y dinámico; hizo que mi árbol de Jesé pareciera soso y poco inspirador.

Mientras observo a mis hijos, cada uno único y exquisito a su manera, recuerdo el árbol de Jesé casero. Cada rama tenía un símbolo esculpido por la mano de una persona diferente, con el sello de la creatividad e ingenio del artesano. Cada niño lleva la marca del Creador y su imagen de una manera única. Cada niño es una flor en mi árbol genealógico o un árbol joven que necesita ser cultivado, regado y podado. Pero, al igual que el desafío del árbol de Jesé, a menudo me siento inepta ante los desafíos de criar estos árboles jóvenes. Mi habilidad no se pone a prueba, pero mi calma sí. Mi Etsy interno no se pone a prueba, ¡pero mi autocontrol sí!

Parte del gran privilegio parental es que Dios nos da su gracia, y es suficiente. Basta con confiar en su graciosa ayuda para ayudarnos en cada desafío. Sin embargo, con las redes sociales inundadas de imágenes que transmiten un mensaje de perfección externa —tanto que “instagramable” es una palabra nueva—, es difícil no sentirse inepta e insuficiente. Es difícil admitir que no soy “del tipo Etsy” y que la guardería de mis hijos no es “instagramable”. Del mismo modo, es difícil admitir una y otra vez en la confesión que he fallado en ser paciente y tolerante con mis hijos.

Una y otra vez, sin embargo, con la gracia de Dios, como pareja, se nos recuerda que simplemente amemos bien a cada uno de nuestros hijos y reconozcamos que Dios es el artesano de nuestro árbol, nuestra pequeña iglesia doméstica, y de cada una de sus flores, y que él lo hará crecer.

—Julia y Francis

Para pensar
Elige una o más de las siguientes preguntas para reflexionar con tu cónyuge:

(a) ¿En qué áreas de tu matrimonio o familia se sientes inepto o incapaz?

(b) ¿Cómo pueden tú y tu cónyuge o familia establecer una mayor confianza en la gracia de Dios?

(c) Piensa en un desafío actual en la vida de ustedes. ¿Cómo enfrentarán tú y tu cónyuge este desafío con la ayuda de Dios?

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Día seis: Amor en la verdad

Una historia sobre desafíos inesperados

Hemos sido bendecidos en nuestros 42 años de matrimonio con cuatro hijos hermosos e increíbles. Nuestros hijos, la fuente de nuestro mayor orgullo y alegría, también han sido la fuente de nuestro mayor sufrimiento. Con la muerte repentina de nuestro primer hijo, de sólo seis meses de nacido, experimentamos nuestra primera prueba. El primer fruto de nuestro amor se había marchitado, poniendo a prueba nuestro propio amor como pareja. Fue una experiencia que cambió la vida de nuestro matrimonio, pero, afortunadamente, nuestro dolor nos llevó a un compromiso más profundo el uno con el otro y con nuestra fe. Esto nos preparó para enfrentar otros desafíos que vendrían después, poniendo a prueba nuestra unidad como pareja y como familia.

Nuestra hija, mientras estaba todavía en la universidad, anunció que estaba embarazada de nuestro primer nieto, fuera del vínculo matrimonial. Aunque sorprendidos y entristecidos por las circunstancias, acogimos el don de una nueva vida que bendeciría a nuestra familia. Durante el tiempo turbulento que rodeó estos sucesos, acompañamos a nuestra hija en su lucha por reconocer y seguir el plan de Dios. Estamos orgullosos de ser los abuelos de un joven con una fe profunda que ahora sirve a nuestro país en el extranjero como infante de marina de los Estados Unidos.

Un día, nuestro hijo menor anunció que experimentaba atracción hacia personas del mismo sexo y que había adoptado un estilo de vida contrario a su dignidad humana a los ojos de Dios. El dolor de perder a nuestro hijo por las mentiras del mundo es difícil de describir.

Como hijo nuestro, le hicimos saber que nuestro amor es incondicional. Sin embargo, también necesitábamos permanecer firmes en la verdad, como lo manda el verdadero amor. Cuando no asistimos a la unión con su pareja del mismo sexo, ambos lados sentimos un profundo dolor. Su apartamiento de cualquier práctica de una vida en la fe católica es nuestra mayor tristeza, que suscita una oración constante que surge de nuestro corazón para que María lo guíe de regreso a su Hijo.

En el día de nuestra boda, nos prometimos mutuamente que aceptaríamos a los hijos recibidos amorosamente de Dios y los educaríamos de acuerdo con la ley de Cristo y su Iglesia. Poco nos dimos cuenta del gran don que estábamos aceptando recibir, ni de la tremenda responsabilidad que ello conlleva. Seguimos educando a nuestros hijos y nietos en la fe, desafiándolos a seguir el verdadero discipulado.

Si bien nuestro trabajo de construir nuestra iglesia doméstica no está terminado, confiamos en que la fe que establecimos como el fundamento de nuestra familia sea para nuestros hijos un recordatorio de la inquebrantable fidelidad y el amor inagotable de Dios. Incluso las mayores bendiciones pueden florecer en medio de espinas.

—Christine y Rick

Para pensar
Elige una o más de las siguientes preguntas para reflexionar con tu cónyuge:

(a) ¿Cómo has enfrentado los desafíos y decepciones experimentados en tu matrimonio o causados por tus hijos? ¿Dónde has encontrado la gracia y la misericordia de Dios presentes en esos momentos?

(b) ¿De qué maneras puede Dios estarte pidiendo que des un mayor testimonio de la verdad en el amor dentro de tu familia?

(c) ¿Cómo has notado la mano de Dios en medio del sufrimiento y la pérdida?

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Día siete: Aprendizaje en una etapa posterior

Una historia contada por abuelos

En nuestros primeros tiempos de abuelos, aprendimos una lección sobre cómo enseñar a los niños a rezar mientras cuidábamos a nuestro nieto de 4 años. A la hora de dormir, los padres aún no habían vuelto a aparecer, así que tuvimos la oportunidad de hacer con el pequeño Antonio la rutina antes de dormir: cuento, bocadillo, baño, pijama. Teníamos mucha experiencia con eso, ¡aunque no habíamos recordado cuánta energía consumía!

Cuando el pequeño finalmente se acostó, estábamos exhaustos. Rápidamente dijimos una breve oración de memoria con él, “Ahora que me acuesto a dormir…” Muy bien, besos y luces apagadas. ¿Verdad? ¡No! Antonio comenzó a gemir: “¡Quiero la oración larga! ¡Quiero la oración larga!” Lloró y lloró. Estábamos desconcertados. ¿Cuál podría ser la oración larga? Nos sentamos en la cama y compartimos con él nuestras propias oraciones nocturnas, comenzando con el Padre Nuestro, el Ave María, Gloria, intenciones especiales, bendiciones por todas partes. Antonio se calmó y se durmió como un corderillo.

Cuando sus padres llegaron a casa, les contamos el drama y les preguntamos “¿Cuál es la ‘oración larga’?”. Se rieron y dijeron: “Oh, solemos hacer con él una rutina de oración más larga antes de dormir, incluyendo toda una letanía de intenciones, seguidas por el Padre Nuestro, el Ave María y Gloria, tal como ustedes nos enseñaron. Es nuestro tiempo especial juntos, y él lo espera con expectativa. Pero cuando está alborotando mucho, y ya nos estamos quedando sin fuerzas, sólo decimos con él una breve oración simple. ¡Debe de haber pensado que lo estaban castigando al no decir la oración larga!”

Al orar juntos como familia, habíamos inculcado a nuestro hijo un amor por la oración familiar compartida que él había transmitido a su propia familia. Habíamos sido testigos de cómo el hábito de la oración, instituido cuando nuestros hijos eran pequeños, todavía resonaba en ellos como adultos.

Nuestra responsabilidad parental de fomentar la fe en nuestro hogar continúa como abuelos, ahora en los hogares de nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. La oración es una excelente manera de fomentar la fe, incluso cuando se ha debilitado en nuestros familiares. Orar juntos es un momento para reconectarse, renovarse y reconciliarse. A la hora de acostarse, a la hora de comer, a la hora de pasear en auto, en la enfermedad y en la salud, una familia construye sus lazos de amor cuando se vuelven a Dios juntos.

Las costumbres, tradiciones y celebraciones son oportunidades potenciales para la oración y la edificación de la fe. Basándose en las prácticas espirituales caseras de antaño, se puede forjar un futuro de fe para las próximas generaciones, una celebración a la vez.

Así como Dios estuvo con nosotros durante las largas noches y los agotadores días de nuestro propio viaje como padres, él está ahora con nosotros en este nuevo capítulo de la vida en la iglesia doméstica más grande. Ahora decimos la “oración larga” por nuestros hijos y nuestros nietos, compartiendo el amor reconfortante y alentador de nuestro Padre celestial.

—Lauri y John

Para pensar
Elige una o más de las siguientes preguntas para reflexionar con tu cónyuge:

(a) ¿Qué tradiciones puedes compartir con tus nietos para fomentar la fe? ¿Oras regularmente por tus hijos y tus nietos?

(b) ¿Cómo la fe y la oración moldean tu responsabilidad como abuelo o abuela?

(c) Si no eres abuelo o abuela, ¿qué otras formas de “ser abuelo” puedes brindar a alguien que lo necesita?

Oración a la Sagrada Familia

Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.
Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.
Santa Familia de Nazaret,
haz tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.
Amén.

(AL, 325)

 

Documentos de la Iglesia

AL – Papa Francisco, Exhortación apostólica Amoris laetitia, 19 de marzo de 2016, Vaticano, http://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20160319_amoris-laetitia.html.

EG – Papa Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, Vaticano, http://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html.

LG – Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, 21 de noviembre de 1964, Vaticano, http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html.

 

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