Luego de 12 años de formación en un colegio parroquial en mi natal Puerto Rico, me trasladé con mi familia a Orlando, Florida donde me envolvió la vorágine del sueño americano. Me dediqué a estudiar y trabajar a tiempo completo y me aleje totalmente de mi vida y comunidad de fe. Con mucho esfuerzo, obtuve una licenciatura en administración de empresas y luego un doctorado en derecho.

Mi práctica legal se desarrolló muy exitosamente y rápidamente incursioné en el medio de la radio. Por muchos años conduje un programa diario de radio para orientar en vivo a los hispanos del Centro de la Florida. También tuve apariciones en televisión y la prensa escrita. Me capturo el éxito económico y el reconocimiento, pero al paso del tiempo, me di cuenta que muchos me buscaban por interés y vivia una vida muy superficial.

El vacío que vivía, aunado con el estrés de la una práctica altamente demandante, la inesperada muerte de mi padre y el nacimiento muy prematuro de mi primer sobrino, Alex, el cual por su prematuridad quedo ciego, autista, hidrocefálico y epiléptico, me llevaron a sumergirme en una depresión. Pero gracias a la invitación de una amiga, comencé a asistir a un grupo de oración del Santo Rosario en un hogar católico. Allí, tomada de la mano de María Santísima, el Señor sanó mi vida y regresé a la comunión de la Iglesia, con un profundo llamado a evangelizar a los hispanos en Estados Unidos y América Latina, a través de eventos de conversion y formación en la fe, ejerciendo mi ministerio en conferencias, retiros, talleres, congresos, y conciertos de música de Dios.

Estaba tan feliz con mi nueva vida en Cristo, y tan enamorada de Él, que tenía la “convicción” que quería mantenerme soltera para dedicar mi vida libremente a mi práctica y ministerio.  Pero a pesar que estos eran mis planes humanos, en noviembre de 1998, fuí a almorzar con mi hermana y mi asistente legal.  No sabía que ellas tenían planeado convencerme de abrirme al matrimonio. Mi hermana particularmente quería que yo viviera la experiencia de la maternidad y también deseaba ser tía. Trataban de convencerme cuando pensé hacerles una broma.  En la mesa, miré al cielo y hice como que oraba al Señor Jesús y le decía: “Señor, tú sabes que eres mi único amor, pero si el matrimonio es la vocación a través de la cual deseas que te sirva, entonces regálame un hombre así…”.

Tomé una servilleta de papel del restaurante, un bolígrafo y comencé a dictar en voz alta (para que mi hermana y asistente escucharan), “Señor, lo quiero:
• católico, apostólico y romano
• que te ame más a Ti que a mí
• que tenga una profesión sólida para que nos sintiéramos equilibrados profesionalmente
• deseo conocerlo: adorándote ante el Sagrario, o ante un micrófono proclamando tu grandeza, evengelizando, cantando o tocando un instrumento para ti.

Añadí  varios “requisitos” más, y concluí la lista de 26 requisitos con lo menos importante que incluían, que físicamente el fuera:

• de unos 5’10” a 5’11” de estatura
• entre 180 y 190 libras de peso
• con ojos pardos
• con el cabello negro peinado hacia atrás, y
• canitas en los lados para hacerlo interesante.

Mi hermana molesta dijo: “¡ah, pero ese hombre no existe!”  Yo feliz de que la “broma” que les había hecho a mi hermana y asistente había funcionado, salí sonriendo de aquel lugar, sin darle mayor importancia a aquel evento.

Tres meses después, en uno de mis viajes misioneros, fuí a entrevistarme en una emisora radial en Caracas, Venezuela para dar mi testimonio de vida.  El conductor del programa radial era un tal Ricardo Luzondo, coordinador de la Renovación Carismática Católica de la Arquidiócesis de Caracas.  El programa iba en vivo y llegué minutos antes de comenzar.  Corriendo entra el conductor del programa, nos presentan por nombre y pasamos a la cabina.  Cuando nos dan el “cue” para salir al aire, el técnico abre el MICROFONO, y el anfitrión comienza a alabar a Dios con gran unción.  Algo dentro de mí sucedió, y comencé a realizar lo hermoso de aquel hombre tan especial.  Dije, “o Dios, ¡que bello!”.

Me entrevistó, y durante la entrevista realice que aquel tal Ricardo Luzondo era neurólogo pediátrico.  Lo miré con más detenimiento y realicé que medía unos 5’10”, pesaba unas 180 libras, tenía ojos pardos, el cabello peinado hacia atrás, ¡y tenía canitas!  Quede prendada de aquel hombre.  Todo tal cual pedí a Dios “bromeando” en la lista de mi servilleta.  Al siguiente día comenté a las personas que me transportaban a otra ciudad, lo amable y entregado a la fe que era el coordinador diocesano, y dije: “su esposa debe estar muy orgullosa de el” y la joven exclamo, “Ricardo, pero si Ricardo ni novia tiene, y yo dije, “¡YES!”.

Menos de un mes después, Ricardo llegó a visitarme a Orlando, Florida y comenzamos un hermoso cortejo y luego un noviazgo a larga distancia.  Un año después, unimos nuestras vidas en el santo sacramento del Matrimonio, el día de la Anunciación del Año Jubilar.  Fruto de nuestro amor nació nuestro hijo, Sebastián.   Desde entonces Ricardo y yo hemos unido nuestros ministerios de evangelización, y subsecuentemente fundamos el ministerio RENOVACION FAMILIAR, que busca defender, promover, renovar, sanar y resaltar los valores del matrimonio y la familia cristiana a través de talleres, retiros, conferencias, congresos y conciertos en Estados Unidos y América Latina, uniendo familias en el amor de Cristo.

A principios de este año, la Oficina de Asuntos Hispanos de la Conferencia de Obispos de los Estados Unidos nos honró invitándonos a formar parte del equipo asesor nacional de la iniciativa para el matrimonio y la familia católica, conocida como POR TU MATRIMONIO, de la cual este blog es parte integral.  Es nuestro anhelo que este blog sea un vehículo idóneo y efectivo para motivar una conversación abierta, enriquecedora y saludable con otros matrimonios cristianos que buscan experimentar el gozo y la plenitud de la vida conyugal, según el plan divino de Dios.  En futuros post en nuestro blog, compartiremos sobre experiencias, vivencias, pruebas, situaciones y aún crisis que experimentamos en nuestro matrimonio y ministerio y como nuestra fe en Cristo Jesús y la riqueza de la doctrina y Sacramentos de nuestra Santa Madre Iglesia Católica nos ayudan a solventarlas y alimentar un matrimonio sano y feliz. ¡Hasta la próxima!